El dinero

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En medio de aquella gloria, pareció entonces que el astro de Saccard también por su parte, remontaba al mayor de los esplendores. Como se había esforzado por conseguir durante tantos años, poseía por fin la fortuna, teniéndola como esclava, a título de cosa propia de la que se dispone a discreción y se guarda bajo llave, viviente, material. ¡Eran tantas las veces que la mentira había habitado en sus cajas, y tantos los millones que habían desaparecido por allí, escapándose por toda clase de agujeros desconocidos! No, no se trataba ya de la engañadora riqueza, de fachada, sino de la auténtica majestad del oro, sólido, alardeando de su superioridad en sacos llenos y rebosantes; y, esa realeza además, no la ejercía como un Gundermann, previo el ahorro de una estirpe de banqueros; presumía por el contrario, con orgullo, de haberla conquistado por sí mismo, como capitán aventurero que se hace con un reino en un audaz golpe de mano. Muy a menudo, en la época de sus negocios sobre terrenos del barrio de Europa, había conseguido efectivamente elevarse muy alto; pero jamás sintió a París vencido de aquella forma y tan humilde a sus pies. Y recordaba el día en que, almorzando en casa de Champeaux, mientras dudaba de su propia estrella, arruinado una vez más, lanzaba sobre la Bolsa miradas hambrientas, poseído por una especie de fiebre que le impulsaba a comenzarlo todo de nuevo, para reconquistarlo todo, en un rabioso afán de desquite. Por lo mismo, y ahora que se convertía en el amo, ¡qué hambre de goces no sería la suya! Para empezar y desde que se creyó omnipotente, despidió a Huret, y encargó a Jantrou que lanzase contra Rougon un artículo en el que, en nombre de los católicos, se acusaba abiertamente al ministro de estar llevando a cabo un doble juego en la cuestión romana. Aquello venía a representar la declaración de guerra definitiva entre los dos hermanos. Desde el convenio del 15 de septiembre de 1864, después de Sadowa sobre todo, los clericales afectaban mostrar vivas inquietudes respecto de la situación del Papa; y, a partir de entonces, La Esperanza, volviendo a su antigua política ultramontana, se puso a atacar violentamente al imperio liberal, tal y como habían empezado a forjarlo los decretos del 19 de enero. Una frase de Saccard circulaba por la Cámara: decía él que, a pesar del profundo afecto que sentía por el emperador, se resignaría a aceptar a Enrique V, antes que tolerar que el espíritu revolucionario condujese a Francia a una catástrofe. Después, creciendo su audacia al compás de sus victorias no ocultó ya su plan de atacar a la alta banca judía, en la persona de Gundermann, cuyo millar de millones se trataba de poner en la picota, hasta llegar al asalto y a la captura final. Habiéndose tan milagrosamente engrandecido el Universal, ¿por qué esta casa, sostenida por toda la cristiandad, no podía llegar a ser, en el lapso de unos cuantos años aún, la dueña soberana de la Bolsa? Y se situaba en plan de rival, de rey vecino, de una potencia igual, lleno de una fanfarronería batalladora; mientras que Gundermann, muy flemático, sin permitirse siquiera una mueca de ironía, continuaba acechando y a la espera, con aire de estar simplemente muy interesado por el alza continua de las acciones, como hombre que ha depositado toda su fuerza en la paciencia y en la lógica.


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