El dinero
El dinero Era su pasión lo que elevaba de aquel modo a Saccard, y era también su pasión la que había de perderle. Con vistas a saciar sus apetitos, había querido descubrir en su persona un sexto sentido, para satisfacerlo. La señora Carolina, que nunca había dejado de sonreír, incluso cuando su corazón sangraba, seguía siendo una amiga, a la que escuchaba con una especie de deferencia conyugal. La baronesa de Sandorff, cuyos mortecinos párpados y rojizos labios mentían decididamente, empezó a no divertirle, fría como un témpano en medio de sus perversas curiosidades. Dándose por otra parte la circunstancia de que jamás él mismo había conocido grandes pasiones, entregado por completo a ese mundo del dinero, en el que vivía muy ocupado, gastando en otra parte sus nervios, compelido a pagar el amor por mensualidades. Por ello, cuando vino a pensar en la mujer como tal, asentado sobre el montón de sus nuevos millones, no se le ocurrió otra cosa que adquirir una que fuese muy cara, para poseerla ante todo París, como hubiera podido obsequiarse con un brillante muy grueso, por la simple vanidad de clavarlo en su corbata. Por otra parte, ¿no implicaba aquello una excelente publicidad?, un hombre capaz de vaciar mucho dinero en una mujer, ¿no tiene desde luego una fortuna cotizada? Inmediatamente su elección recayó sobre la señora de Jeumont, en cuya casa había estado a cenar dos o tres veces con Máximo. A sus treinta y seis años, todavía era una mujer muy hermosa, de una belleza regular y grave de Juno, y su gran reputación provenía de que el emperador le había pagado cien mil francos por una noche, sin contar la condecoración para su marido, un hombre correcto que no tenía otra posición que la de desempeñar ese papel de marido de su mujer. Vivían los dos espléndidamente, iban por todas partes, frecuentaban los ministerios, la corte, alimentados por escasas y escogidas ventas, como la mencionada, bastando con tres o cuatro noches por año. Se sabía que aquello costaba terriblemente caro, y esto era lo que tenía como particular distinción. Y Saccard, concretamente, ansioso por morder aquel bocado del emperador, llegó hasta los doscientos mil francos, aunque sin poder evitar al principio una mueca despectiva del marido hacia aquel turbio financiero, por encontrarle demasiado insignificante como personaje y de una inmoralidad comprometedora.