El dinero
El dinero Fue por aquella misma época que la señora Conin rehusó abiertamente compartir goce alguno con Saccard. Frecuentaba éste mucho la papelería de la calle Feydeau, siempre para comprar cuadernos de apuntes, muy seducido por aquella adorable rubia, sonrosada y regordeta, con cabellos de seda de un tono pálido, muy graciosa y zalamera, siempre alegre.
—¡No, no quiero, con usted jamás!
Cuando ella decía jamás, era asunto acabado; nada ni nadie la hacía desdecirse de su negativa.
—Pero ¿por qué? Bien la vi con otro cierto día saliendo de un hotel, en el pasaje de los Panoramas.
Sonrojóse ella al oírle, aunque sin dejar de mirarle con valentía, cara a cara. El hotel ése, regentado por una anciana señora, amiga suya, le servía en efecto como lugar de cita, cuando un capricho la hacía ceder ante un señor del mundo de la Bolsa, a las horas en que el bueno de su marido encolaba sus registros y ella por su parte se dedicaba a corretear por París; siempre fuera con recados de la casa.
—Sabe perfectamente a quién me refiero; Gustavo Sédille, ese joven, amante suyo.