El dinero

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Ella protestó entonces, con un gesto gracioso. ¡No, no!, ella no tenía amante. Ningún hombre podía vanagloriarse de haberla poseído dos veces. ¿Por quién la estaba tomando? Una vez, ¡sí!, por simple azar, por placer, pero ¡sin que ello tuviera mayores consecuencias! Y todos continuaban siendo sus amigos, muy reconocidos, muy discretos.

—¿Será entonces porque dejé de ser joven?

Por toda contestación, con un nuevo gesto, sin dejar de reírse, pareció decirle que le tenía en absoluto sin cuidado que se tratara, o no, de un joven. Había cedido a quienes eran menos jóvenes y a otros menos hermosos, y a pobres diablos con mucha frecuencia.

—¿Por qué, entonces, dígame el porqué?

—¡Dios mío!, es bien sencillo… Porque no me agrada. ¡Con usted, jamás!

Y a todo esto, seguía comportándose con mucha amabilidad, con gesto desolado por no poder complacerle.

—Veamos —insistió él con brutalidad—, el precio será lo que usted misma indique… ¿Quiere mil, dos mil, por una sola vez, sólo una vez?

A cada nueva puja que hacía, ella decía que no amablemente con la cabeza.

—¿Quiere usted?… Vamos a ver, ¿quiere usted diez mil, veinte mil?

Con dulce gesto, ella le detuvo, colocando su manita sobre la suya.


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