El dinero
El dinero —¡Ni diez, ni cincuenta, ni cien mil! PodrÃa seguir pujando tanto tiempo como quisiera, y la contestación serÃa que no, siempre que no… Como bien puede ver no llevo una alhaja encima. ¡Ah!, y conste que me las han ofrecido, ¡objetos, dinero, de todo! Nada quiero sin embargo; cuando me cansa un placer. Comprenda entre otras cosas que mi marido me ama de todo corazón, y que también yo le amo mucho. Mi marido es un hombre muy honrado. No voy por consiguiente a matarle causándole pena… Y, puesto que no puedo dárselo a mi marido, ¿qué es lo que quiere que haga con su dinero? No somos desgraciados del todo, y un dÃa nos retiraremos con una bonita fortuna; y si todos esos señores, me tienen la consideración de seguir comprando en nuestra casa, eso sà lo acepto… ¡Oh!, créame que no me hago más la desinteresada de lo que en realidad soy. Si fuera sola, ya verÃa lo que hacÃa. Pero, ahora, en mi situación actual, ¿imagina usted por un momento que mi marido tomarÃa sus cien mil francos, después de haberme acostado con usted?… ¡No, no!, ¡ni por un millón!