El dinero

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Una noche, vivió sin embargo el regocijo de vanidad más vivo que pudiera concebir. Constituyó propiamente el minuto culminante de su vida. Se celebraba un baile en el Ministerio de Negocios extranjeros, y había escogido aquella fiesta, dada con motivo de la Exposición, para levantar públicamente acta de su dicha de una noche, con la señora de Jeumont; ya que, entre los tratos que pactaba aquella hermosa dama, figuraba siempre el de que, el feliz poseedor, tendría por una sola vez el derecho de pregonarlo, de manera que el negocio alcanzase toda la publicidad deseada. Así pues, hacia la medianoche, en aquellos salones donde los hombres desnudos resultaban como prensados por los fracs negros, bajo la ardiente claridad de las arañas, entró Saccard, llevando del brazo a la señora de Jeumont; y el marido les seguía. Cuando hicieron su aparición, los grupos se apartaron, abriendo un ancho paso a aquel capricho de doscientos mil francos de que se hacía gala a ese escándalo hecho de violentos apetitos y de loca prodigalidad. Todo eran sonrisas, se cuchicheaba al oído, en un ambiente divertido, sin cólera, entre el aroma embriagador de los bustos, con la mecedura lejana de la orquesta. Pero, en el fondo del salón, otra oleada de curiosos se apretujaba alrededor de un coloso, vestido con un uniforme blanco de coracero, deslumbrador y soberbio. Era el conde de Bismarck, cuya elevada estatura dominaba todas las cabezas, riendo con una risa abierta, los ojos saltones, la nariz pronunciada, con poderosas mandíbulas que cerraban unos bigotes de conquistador bávaro. Después de Sadowa, acababa de dar Alemania a Prusia; los tratados de alianza, negados durante tanto tiempo, hacía meses que fueron firmados contra Francia; y la guerra, que estuvo a punto de estallar en mayo, a propósito del asunto del Luxemburgo, resultaba al presente fatal. Cuando Saccard, triunfante, atravesó la pieza, llevando del brazo a la señora de Jeumont, y seguido del marido, el conde de Bismarck interrumpió su risa por unos instantes, y, como buen gigante burlón, se puso a mirar con curiosidad cómo pasaban.


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