El dinero

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IX

La señora Carolina, se encontró de nuevo sola. Hamelin se quedó en París hasta los primeros días de noviembre, para atender a las formalidades que requería la constitución definitiva de la sociedad, con capital de ciento cincuenta millones; y, a ruegos de Saccard, resultó ser él, una vez más quien hubo de ir al despacho del notario Lelorrain, sito en la calle Sainte-Anne, para hacer las correspondientes declaraciones legales, afirmando que todas las acciones habían sido debidamente suscritas y el capital desembolsado; lo que desde luego no era cierto. Inmediatamente después, partió para Roma, en donde había de pasar dos meses, teniendo que estudiar asuntos de envergadura, que callaba; su famoso sueño del Papa en Jerusalén, sin duda, así como otro proyecto más práctico y considerable, el referente a la transformación del Universal en un banco católico, que habría de tener su apoyo en los intereses cristianos del mundo entero, toda una vasta máquina destinada a aplastar, a barrer del globo la banca judía; y, desde allí, contaba volver una vez más a Oriente, adonde le llamaban los trabajos del ferrocarril de Brusa a Beirut. Se alejaba satisfecho de la rápida prosperidad de la casa, absolutamente convencido de su inquebrantable solidez, sin sentir siquiera en su fuero interno más que la sorda inquietud que le producía aquel éxito demasiado estruendoso. Por eso la víspera de su partida, en la conversación que sostuvo con su hermana, no le hizo más que una recomendación apremiante, la de resistirse a la desmedida admiración general y vender sus títulos, si llegaba a ser sobrepasado el cambio de dos mil doscientos francos, porque estimaba un deber propio protestar contra ese alza continua, que estimaba loca y peligrosa.


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