El dinero

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En cuanto se encontró sola, la señora Carolina se sintió más turbada aún por el sobrecargado ambiente en que vivía. Hacia la primera semana de noviembre se alcanzaba el cambio de dos mil doscientos; tenía lugar alrededor suyo un auténtico movimiento de arrebato, gritos de agradecimiento y de ilimitada esperanza: Dejoie acababa de deshacerse en gestos de gratitud, las señoras de Beauvilliers la trataban de igual a igual, como amiga del dios que iba a levantar de nuevo su antigua casa. Un concierto de bendiciones remontaba de la feliz muchedumbre integrada por pequeños y grandes, las muchachas pudiendo contar al fin con su dote, los pobres viéndose bruscamente enriquecidos, asegurado su retiro, los ricos ardiendo en su insaciable gozo de llegar a ser más ricos aún. Al día siguiente de la Exposición, en aquel París embriagado de placer y de poderío, la oportunidad era única; se vivían unas horas de fe en la dicha, la certidumbre de una suerte sin fin. Todos los valores habían subido, los menos sólidos encontraban crédulos, una plétora de negocios más que sospechosos henchía el mercado, lo congestionaba hasta la apoplejía, mientras, por debajo, sonaba a vacío, el real agotamiento de un reino que había disfrutado mucho, gastado miles de millones en grandiosos trabajos, engordado enormes casas de crédito, cuyas cajas abiertas se despanzurraban por todas partes. El primer crujido en aquel vértigo, implicaría de por sí la catástrofe. Y, la señora Carolina, tenía sin duda ese presentimiento ansioso, cuando notaba encogérsele el corazón, a cada nuevo salto en los cambios del Universal. No es que circulase ningún rumor de mal agüero; apenas un leve estremecimiento de los bajistas, asombrados y domesticados. Tenía ella sin embargo, perfecta conciencia de un malestar, de algo que ya minaba el edificio, pero ¿qué?, nada en concreto podía apreciarse; y se veía forzada a esperar, ante el esplendor de un triunfo creciente, pese a tales ligeras sacudidas de estremecimiento que anuncian las catástrofes.


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