El dinero

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Por lo demás, la señora Carolina tuvo por entonces otro disgusto. En la Obra del Trabajo, se hallaban al fin satisfechos de Víctor, convertido en un chico silencioso y cazurro; y, si no se lo había dicho todo a Saccard, era por un singular sentimiento de embarazo, retrasando de día en día su relato; preocupada por la vergüenza que pudiera experimentar él. Por otra parte, Máximo, a quien, por aquellas fechas, devolvió de su bolsillo los dos mil francos, se alborozaba a propósito de los cuatro mil que Busch y la Méchain le reclamaban aún: esa gente la estaba robando, su padre se pondría furioso. Por eso, en lo sucesivo se negaba abiertamente a las reiteradas peticiones de Busch, que exigía el complemento de la suma prometida. Después de innumerables pasos, éste acabó por enfadarse, con tanto mayor motivo cuanto que la idea de coaccionar a Saccard iba renaciendo en él, dada la nueva posición de este último y su elevada categoría en el mundo de las finanzas, donde le creía a su merced, por miedo al escándalo. Un día, pues, exasperado al ver que nada sacaba de un asunto tan precioso, resolvió dirigirse directamente a él, y le escribió invitándole a pasar por su despacho para enterarse del contenido de antiguos papeles encontrados en una casa de la calle de la Harpe. Le precisaba el número, y hacía una alusión tan clara a la vieja historia, que Saccard, sobrecogido de inquietud, no podía faltar a la cita. Aquella carta, llevada a la calle Saint-Lazare, fue a caer en manos de la señora Carolina, que reconoció la letra. Se echó en seguida a temblar, preguntándose por unos momentos, si no era lo procedente acercarse a toda prisa a casa de Busch, para indemnizarle. Pero luego pensó que acaso fuese otro el motivo de la carta y que, en todo caso, constituía una forma de acabar; contenta incluso, dada su violencia de ánimo, de que fuese otro quien tuviera a su cargo el embarazo de la confidencia. Pero, por la noche, cuando regresó Saccard y abrió la carta delante de ella, le vio simplemente fruncir el ceño, y creyó que se trataba de alguna complicación de dinero. Parecía haber experimentado no obstante, una profunda sorpresa, se le había encogido la garganta, ante la idea de caer en tan sucias manos, oliéndose alguna ignominia. Con gesto tranquilo, se metió la carta en el bolsillo, y decidió que acudiría a la cita.


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