El dinero
El dinero —¡Ni una! —respondió Marcela.
La rubia carita de Natalia, con sus pálidos y revueltos mechones, adoptó un gesto de inmensa conmiseración. ¡Ah!, ¡pobres gentes las que carecÃan de acciones! Y, habiéndola llamado su padre para encargarla que llevase un paquete de pruebas a un redactor, cuando regresara a Batignolles, la muchacha se fue seguidamente, dándose una graciosa importancia de capitalista, que, casi todos los dÃas, ahora, se llegaba hasta el periódico para conocer antes las cotizaciones de Bolsa.
Sola ya en la banqueta, Marcela volvió a quedar sumida en una melancólica meditación, ella que tan alegre y decidida era, por lo general. ¡Dios mÃo!, ¡qué oscuro y triste estaba el ambiente!, ¡y su pobre marido que corrÃa por esas calles de Dios, entre aquel diluvio! SentÃa el pobre tanto desprecio por el dinero, tal malestar ante la sola idea de tener que prestarle atención, que llegaba a costarle un gran esfuerzo pedirlo, incluso a quienes se lo debÃan. Y, absorta, sin oÃr nada ni a nadie, revivÃa mentalmente aquella jornada tan mala y triste, desde el momento en que se despertó; a su alrededor mientras tanto, tenÃa lugar el febril trabajo del periódico, el galopar de los redactores, el vaivén de los manuscritos; todo ello en medio de los acostumbrados portazos y golpes de campanilla.