El dinero
El dinero Pero otra pena más profunda esperaba a Marcela, aquel mismo día. Se le ocurrió ir en seguida a casa de sus padres, para pedirles prestada la suma: de esa manera, cuando su marido volviese por la noche, ya no tendría necesidad de desesperarle, sino más bien motivo para hacerle reír con la escena de la mañana. Veíase ya contándole la magna batalla, el feroz asalto perpetrado en su hogar, y la forma heroica en que había rechazado el ataque. Al entrar en el hotelito de la calle de Legendre, el corazón le latía a toda prisa; aquella casa propia de gente rica, en la que había crecido, le produjo al entrar la impresión de que allí no hallaría más que gente extraña; hasta tal punto le parecía otra, glacial. Como en aquellos momentos sus padres se sentaban a la mesa, aceptó almorzar con ellos, para predisponerlos mejor en favor suyo. Todo el tiempo que duró la comida, la conversación había versado sobre el alza de las acciones del Universal y respecto de las cuales, incluso la víspera, había subido el cambio en veinte francos; y Marcela se mostraba asombrada viendo a su madre, más enardecida, más áspera aún que su padre, ella que al principio, se echaba a temblar ante la sola idea de la especulación: ahora en cambio, con una violencia de mujer conquistada por la causa, era quien censuraba al marido su timidez, apasionada como se sentía por los grandes golpes de la suerte. Desde los entremeses, estaba fuera de sus casillas, indignada de que él hablase de vender sus setenta y cinco acciones, lo que habría venido a representarles ciento ochenta y nueve mil francos; una bonita ganancia, al cambio inesperado de dos mil quinientos veinte francos, lo que habría hecho ciento ochenta y nueve mil francos; más de cien mil francos sobre el precio de compra. ¡Vender, cuando La Cote financière, prometía el cambio de tres mil francos!, ¿estaría volviéndose loco? Ya que, en fin, La Cote financière, de todos era conocida por su arraigada honradez; él mismo solía repetir con frecuencia que teniendo la información de ese periódico, podía uno dormirse tranquilo. ¡Ah! no, en absoluto, ¡ella no estaba dispuesta a dejarle vender!, ¡antes vendería el hotel para comprar más acciones aún! Y a todo esto Marcela, silenciosa, con el corazón oprimido al oír exhalar apasionadamente cifras de tanta envergadura, trataba de encontrar la fórmula que le permitiera atreverse a solicitar un préstamo de quinientos francos, en aquella casa invadida por el juego, donde había visto crecer poco a poco la oleada de periódicos financieros, que hoy ya la tenían sumergida en el sueño embriagador de su publicidad. Por fin, a los postres, acabó por aventurarse: necesitaban quinientos francos, iban a embargarles, sus padres no podían dejarles abandonados en medio de aquel desastre. En cuanto la hubo oído, el padre bajó inmediatamente la cabeza, no sin antes mirar de reojo y con cierto embarazo a su mujer. Pero ya en aquel momento la madre rehusaba el favor con voz clara y terminante. ¡Quinientos francos!, ¿de dónde quería que los sacase? Todos sus capitales estaban comprometidos en distintas operaciones; aparte de lo cual, fueron sacadas a relucir antiguas diatribas: desde el momento en que se había casado con un muerto de hambre, un hombre que escribía libros, tenía que aceptar las consecuencias de su estupidez, sin tratar de que recayeran las cargas sobre los suyos. ¡No!, ella no disponía de un solo sueldo para holgazanes como aquél, que, con su hermoso aunque afectado desprecio por el dinero, no sueñan más que en comerse el de los otros. Y había dejado marchar a su hija, que se fue desesperada, como es natural, con el corazón sangrando al no reconocer en aquella persona a su madre, tan buena y razonable en otro tiempo.