El dinero
El dinero Con el ademán propio del hombre al que no se engaña fácilmente, el viejo corsario le había parado en seco. Y se puso a contemplarle, en su escandalosa decrepitud, que, si ella había cedido a la curiosidad de saber cómo estaba formado Sabatani, bien podía haber querido saborear el vicio de aquel ser en ruinas.
—No trate de defenderse, querido. Cuando una mujer se dedica al juego, sería capaz de entregarse al corredor de la esquina que le facilitase una orden.
Jantrou se sintió muy herido, aunque se contentó con reír, obstinándose en explicar la presencia de la baronesa en su despacho, que había venido, según él, para una cuestión de publicidad.