El dinero
El dinero Por lo demás, Saccard, con un encogimiento de hombros, habĂa dejado de lado aquel asunto «mujer», carente de interĂ©s. De pie, yendo y viniendo de un lado a otro, plantándose ante la ventana para ver caer la eterna lluvia gris, exhalaba su enervado gozo. SĂ, el Universal, ¡aĂşn habĂa subido veinte francos la vĂspera! Pero ÂżcĂłmo diablos se concebĂa que los vendedores se cebaran de aquel modo?, pues el alza hubiera llegado hasta los treinta francos, de no haber sido por un paquete de tĂtulos que cayĂł sobre el mercado desde primera hora. Lo que Ă©l ignoraba, naturalmente, es que la señora Carolina habĂa vendido de nuevo mil de sus acciones, luchando por ella misma contra aquella alza irracional, y en cumplimiento de las Ăłrdenes que su hermano le habĂa dejado al respecto. Saccard no podĂa quejarse en verdad, ante aquel Ă©xito creciente; y sin embargo estaba nervioso aquel dĂa, poseĂdo de un temblor interno, producto de un serio temor y de la misma cĂłlera. Proclamaba a gritos que aquellos asquerosos judĂos habĂan jurado su pĂ©rdida y que ese canalla de Gundermann acababa de ponerse a la cabeza de un sindicato de bajistas, para aplastarle. AsĂ se lo habĂan asegurado en la Bolsa, donde se hablaba de una suma de trescientos millones, destinada por el sindicato a sostener la baja. ¡Ah!, ¡los bandidos! Y lo que no repetĂa en voz alta, eran los demás rumores que corrĂan, más limpios y transparentes cada vez; rumores impugnando la solidez del Universal, alegando ya hechos concretos, sĂntomas de prĂłximas dificultades, aunque todavĂa no hubieran conseguido, tambiĂ©n es verdad, quebrantar en lo más mĂnimo la ciega confianza del pĂşblico.