El dinero

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De pronto se abrió la puerta, y entró Huret, con su aire de hombre sencillo.

—¡Ah!, vaya, ¡aquí tenemos a Judas! —dijo Saccard.

Huret, sabiendo que Rougon iba decididamente a abandonar a su hermano, procuró ponerse a bien con el ministro; pues tenía la convicción de que, cuando Saccard tuviera a Rougon frente a sí, la catástrofe se haría inevitable. Para obtener su perdón se incorporó otra vez a la servidumbre del gran hombre, haciéndole de nuevo sus recados, arriesgando con ello los malos tratos de palabra que pudiera recibir de este último e incluso puntapiés en el trasero.

—Judas —repitió el aludido con la fina sonrisa que a veces iluminaba su grueso rostro de campesino—, pero, en todo caso, un Judas francote que viene a facilitarle desinteresadamente al amo a quien traicionó, un aviso que puede convenirle.

Pero entonces, Saccard, como si no quisiera oírle, gritó simplemente y sólo con vistas a afirmar su triunfo:

—¿Qué le parece?, ayer, dos mil quinientos veinte; hoy, dos mil quinientos veinticinco.

—Estoy enterado, acabo de vender ahora mismo.

Repentinamente, la cólera que Saccard procuraba ocultar con su actitud bromística, salió a la superficie en forma de estallido.


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