El dinero

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—¿Cómo dice?, ¿que ha vendido usted?… ¡Ah!, ¡entonces tenemos el completo! ¡Me abandona por Rougon y se pone del lado de Gundermann!

El diputado le contemplaba embobado.

—¿Con Gundermann?, ¿por qué?… Me alío con mis intereses, ¡oh!, ¡ésa es la pura y simple verdad! Como usted sabe, no soy ningún temerario. No, confieso que no tengo tanto estómago; prefiero realizar en seguida, en cuanto observo la posibilidad de un pingüe beneficio. Quizás sea por eso que nunca he perdido.

Y se puso de nuevo a sonreír, como normando prudente y avisado que, sin fiebre ni precipitaciones, almacena su cosecha.

—¡Un administrador de la sociedad! —continuaba diciendo Saccard en tono violento—. Pero ¿quién quiere usted que tenga confianza?, ¿qué cabe pensar, lógicamente, si le ven vender de ese modo, en pleno movimiento de alza? ¡Qué caramba!, así ya no me extraña que se propale que nuestra prosperidad es ficticia y que el día del revolcón lo tenemos próximo… Esos señores venden, pues vendamos todos. ¡Esto es el pánico!

Huret, silencioso, esbozó un vago gesto. En el fondo, aquellas consideraciones le tenían sin cuidado; su negocio ya estaba hecho. Sólo tenía por el momento que cumplimentar la misión que Rougon le había encargado realizase lo más limpiamente posible, sin que le preocupara mucho.


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