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Se impuso un silencio. Jantrou, que había permanecido en silencio, afectando estar dedicado por entero a la corrección de un montón de pruebas, levantó la vista para admirar a Saccard. ¡Estaba grandioso el muy bandido, en sus momentos de pasión! Esos canallas de genio triunfan a veces, en ese grado de inconsciencia, cuando la embriaguez del éxito les arrastra consigo. Y en aquellos momentos, Jantrou estaba a su lado, convencido de su suerte.

—¡Ah!, se me olvidaba —continuó diciendo Huret—. Parece ser que Delcambre, el procurador general, le detesta… Y, lo que ignora usted aún, el emperador le nombró esta mañana ministro de Justicia.

Bruscamente, Saccard se detuvo. Y con el rostro ensombrecido dijo finalmente:

—¡Por lo visto siguen suministrándose del mismo sucio género! ¡Ah! ¿Y de eso se han atrevido a hacer un ministro? ¿Qué quiere usted que a mí me importe?

—¡Caramba! —repuso Huret, exagerando su aire bobalicón—, caso de ocurrirle alguna desgracia, como puede sucederle a todo el mundo en los negocios, su hermano quiere que nunca cuente con él, para defenderle contra Delcambre.

—Pero, ¡por los clavos de Cristo! —vociferó Saccard—, ¡cuando le digo que me río de toda la camada, de Rougon, de Delcambre y de usted mismo por encima de todo!


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