El dinero
El dinero —El Universal, resulta ya demasiado potente, ¿no le parece? Un banco católico que amenaza invadir el mundo, conquistarlo valiéndose del dinero como antiguamente se conquistaba por la ley, ¿es que eso puede tolerarse? Todos los librepensadores, todos los masones en trance de convertirse en ministros, notan que el frÃo se les mete en los huesos… Acaso estarán urdiendo con Gundermann la concesión de algún empréstito. ¿Qué serÃa de un gobierno si no se dejara devorar por esos puercos judÃos?… Y mira por donde es el imbécil de mi hermano quien, por conservar el poder seis meses más, va a echarme como pasto a esos indecentes judÃos, a los liberales, a toda esa gentuza en fin, con la esperanza de que de ese modo se le dejará algo tranquilo, mientras a mà me devoran… Pues bien, vuélvase y dÃgale que me rÃo de él…
Y mientras hablaba asà enderezaba su corta talla; su coraje ponÃa fin a su pretendida ironÃa, en un arrogante toque de corneta.
—Entiéndalo bien, ¡que me rÃo de él! Ésa es mi respuesta y quiero que llegue a su conocimiento.
Huret se habÃa encogido de hombros. Desde que en los asuntos entraba en juego el enfado, aquello no era lo suyo. Después de todo, él no hacÃa allà otra cosa que el papel de un comisionado.
—¡Bueno, bueno!, se le dirá… Va a ser en su propio perjuicio. Pero, eso ya es cuenta suya.