El dinero
El dinero —En efecto —respondió Saccard en son de guasa—, constituye una villanÃa por mi parte… Ahà tienen a ese pobre hermano, que, en su irrefrenable ansia de seguir siendo ministro, gobierna al amparo de principios que combatÃa ayer, y que se acoge a mà porque ya no sabe cómo aguantar el equilibrio, entre la derecha, que muestra su contrariedad por haber sido traicionada, y el tercer estado, hambriento de poder. Ayer todavÃa, para calmar a los católicos, lanzaba su famoso «¡Jamás!»; juraba que jamás Francia dejarÃa que Italia arrebatase Roma al Papa. Hoy, en cambio, merced al terror que le inspiran los liberales, quisiera darles una prenda, y se digna pensar en degollarme para darles gusto… La semana anterior, Emilio Ollivier le sacudió enérgicamente en plena Cámara…
—¡Oh! —interrumpió Huret—, el caso es que sigue contando con la confianza de las Tuileries, y el emperador le ha enviado una placa de diamantes.
Pero, con gesto enérgico, Saccard le contestó diciendo que él no se llamaba a engaño.