El dinero
El dinero Y, con labia, dando rienda suelta a su inspiración y a sus ademanes de mujercita alegre y resuelta, explicó lo que le había ocurrido por la mañana, la brutal entrada de Busch, la invasión de su alcoba por aquellos tres hombres, cómo había conseguido repeler el asalto, el compromiso que adquirió de pagar aquel mismo día. ¡Ah!, ¡el daño que producen esas llagas de dinero cuando se trata de gente modesta!, ¡cuántos dolores por la vergüenza y la impotencia, la vida siempre puesta en tela de juicio, sólo por unas miserables monedas de cien sueldos!
—De modo que Busch —repitió Saccard—: es ese viejo ratero de Busch quien les tiene entre sus garras…
Luego, con una gentileza encantadora, volviéndose hacia Jordan, que estaba silencioso, pálido y extremadamente violento, añadió:
—Pues bien, voy a adelantarles desde luego esos quinientos francos; debieron habérmelos pedido en seguida.