El dinero

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Con un gesto, había señalado a Saccard, que acababa de llegar y que se había instalado en su sitio de costumbre, contra el pilar de la primera arcada de la izquierda. Como todos los jefes de casas importantes, tenía también un sitio conocido, donde los empleados y clientes estaban seguros de encontrarle los días de Bolsa. Sólo Gundermann presumía de no poner los pies jamás en la gran sala; ni siquiera enviaba a un representante oficial; pero se adivinaba allí todo un ejército a sus órdenes; reinaba en aquel lugar como dueño ausente y soberano, a través de la innumerable legión de corredores y agentes portadores de sus órdenes; eso sin contar sus hechuras o testaferros, tan numerosos además, que, cualquiera de los allí presentes resultaba en potencia el misterioso soldado de Gundermann. Y era contra aquel ejército imperceptible, por todas partes actuante, que había de luchar Saccard en persona, a pecho descubierto. Detrás de él, en el ángulo del pilar, había un banco, pero jamás se sentaba en él; permanecía en pie durante las dos horas del mercado, como despreciando la fatiga. A veces, en momentos de abandono, se limitaba a apoyar el codo en la piedra, que, por lo demás y a la altura de un hombre aparecía ennegrecida y pulimentada, debido a la suciedad de todos los contactos; y en la pálida desnudez del monumento contribuía un detalle característico aquella mugre reluciente, apreciable en las paredes, en las escaleras, en la sala, un basamento inmundo, el sudor acumulado de jugadores y de ladrones. Muy elegante, muy correcto, al igual que todos los bolsistas, Saccard tenía el aspecto amable y reposado de un hombre sin preocupaciones, en medio de aquellas paredes ribeteadas de negro.


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