El dinero
El dinero Moser, por lo demás, no volvió a insistir. Nadie aún, en la Bolsa, hubiera osado afirmar la terrible campaña llevada a cabo por Saccard, en relación con las compras que hacía por cuenta de la sociedad, con la cobertura de hombres de paja, tales como Sabatani, Jantrou y otros muchos; sobre todo empleados de su dirección. Sólo corría el rumor, cuchicheado al oído, desmentido y siempre renaciente, aunque sin posible prueba. Al principio, se limitó a sostener los cambios con prudencia, revendiendo en cuanto le era posible, para no inmovilizar demasiado los capitales y atiborrar las cajas de títulos. Pero ahora se veía ya arrastrado por la lucha previendo incluso, para aquel día, la necesidad de exageradas compras, si quería continuar siendo dueño del campo de batalla. Sus órdenes habían sido cursadas, y afectaba la calma sonriente de los días normales, pese a la incertidumbre sobre el resultado final, y la turbación que experimentaba en su fuero interno al comprometerse de aquella manera, más y más, en un camino que sabía espantosamente peligroso.
De pronto, Moser, que estuvo rondando al célebre Amadieu, enzarzado en una gran conferencia con un hombre menudo y ladino, regresó muy exaltado, balbuceando:
—Lo oí, estuve escuchándolo con mis propios oídos… Ha dicho que las órdenes de venta de Gundermann sobrepasan los diez millones… ¡Oh!, lo que es yo, vendo, ¡venderé hasta mi propia camisa!