El dinero
El dinero —Diez millones, ¡diablos! —murmuró Pillerault, con la voz algo alterada—. Eso es una verdadera guerra, a navajazo limpio.
Y, en el clamor circulante que iba en aumento, acrecentado por todas las conversaciones particulares, no se palpaba allà otra cosa que aquel duelo feroz entre Gundermann y Saccard. No era posible distinguir las palabras, pero la algazara se habÃa armado; y lo que zumbaba tan fuerte, sólo era el empeño, sosegado y lógico, que el uno tenÃa en vender, y la febril pasión por comprar que se sospechaba en el otro. Las noticias contradictorias que circulaban, y que al principio sólo fueron simples rumoreos, acabaron resonando como toques de trompeta. En cuanto abrÃan la boca, unos gritaban para hacerse oÃr en medio del alboroto; en tanto que otros, llenos de misterio, se acercaban al oÃdo de sus interlocutores, y hablaban muy bajito incluso cuando nada tenÃan que decir.
—¡Qué caramba!, ¡yo sigo en mi postura de alza! —dijo Pillerault, ya rehecho—. Hace un sol que no puede ser más hermoso, todo seguirá subiendo.
—Todo va a desplomarse —replicó Moser con su doliente obstinación—. No puede estar lejos la lluvia, esta noche no me dejaron dormir los nervios.