El dinero

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Pero la Méchain obstruía completamente el paso, y contemplaba al recién llegado con aire cada vez más sorprendido. Fue precisa toda una maniobra: retrocedió él a la escalera y ella salió a su vez, haciéndose a un lado, de forma que Saccard pudiese entrar y ganar finalmente la habitación vecina, donde desapareció. Durante tan complicados movimientos, la mujer no había dejado de observarle.

—¡Oh! —suspiró, sofocada—. Nunca había visto tan de cerca al señor Saccard… Victor es su vivo retrato.

Busch, sin comprenderla al principio, la miraba. Luego, bruscamente iluminado, lanzó un terno en voz baja.

—¡Maldito sea! ¡Claro que sí! ¡Bien sabía yo que había visto esa letra en alguna parte!

Y aquella vez, se levantó, haciendo caer los expedientes, hasta que dio con una carta que le había escrito Saccard el año anterior, para pedirle un aplazamiento en favor de una señora insolvente. En seguida comparó la escritura de los pagarés con la de la carta: eran, sin duda, las mismas as y las mismas os, agudizadas aún más con el paso del tiempo, y había también una evidente identidad en las mayúsculas.

—¡Es él! ¡Es él! —decía una y otra vez—. Pero, veamos: ¿por qué Sicardot y no Saccard?


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