El dinero
El dinero ¿Qué decía él a todo esto?, ¿qué estaba sucediendo? En lugar de los esperados socorros, ¿era acaso un nuevo ejército enemigo el que desembocaba por los vecinos bosques? Como en Waterloo, Grouchy no llegaba, y era la traición que acababa la derrota. Ante aquellas masas profundas y frescas de vendedores que acudían a paso de carga, cundió un pánico horrible.
En aquel segundo, Mazaud sintió pasar la muerte por su rostro. Había respaldado a Saccard, doblándole, por sumas harto considerables, y experimentó la clara sensación de que el Universal, al derrumbarse, le cogía bajo sus escombros. Su rostro atractivo y moreno, de finos bigotes, permaneció sin embargo impenetrable y bravío. Compró aún, agotó las órdenes que había recibido, con su cantante voz de gallito, de la misma agudeza que cuando se trataba de éxitos. Frente a él, sus oponentes, Jacoby con sus mugidos, Delarocque apoplético, a pesar de su esfuerzo por denotar indiferencia, dejaban traslucir mayor inquietud; veíanle ya en gran peligro, y, ¿les pagaría si saltaba? Sus manos estrujaban el terciopelo de la barandilla, sus voces seguían soltando chillidos, mecánicamente, por hábito de oficio, al tiempo que, a través de sus fijas miradas, intercambiaban entre sí toda la horrible angustia del drama del dinero.