El dinero
El dinero Entonces, en el transcurso de la última media hora, aquello fue el desastre, la gravedad de la derrota se iba acentuando y arrastraba consigo a la multitud en desordenado galope. Tras de la extrema confianza y del ciego apasionamiento, llegaba la reacción del miedo, todos se abalanzaban para vender, si es que todavía estaban a tiempo. Una auténtica granizada de órdenes de venta se desplomó sobre el corro, sólo se veían llover tarjetas; y esos enormes paquetes de títulos, lanzados sin prudencia, aceleraban la baja; un verdadero hundimiento. De salto en salto, los cambios cayeron a 1500, a 1.200, a 900. Ya no quedaban compradores; aquello era un campo raso, sembrado de cadáveres. Por encima del sombrío hormigueo de las levitas, los tres cotizadores semejaban escribanos mortuorios, dedicados a registrar defunciones. Por un singular efecto de la ventolera de desastre que atravesaba la sala, la agitación parecía haberse coagulado allí, allí moría el estruendo, como en el estupor de una gran catástrofe. Cuando, después de la campanada de clausura, se supo el último cambio de 830 francos, reinó un escalofriante silencio. Y la pertinaz lluvia seguía azotando las vidrieras que no dejaba filtrar más que un turbio crepúsculo; la sala había quedado convertida en una cloaca, bajo el goteo de los paraguas y las pisadas de la multitud, un suelo fangoso de cuadra mal cuidada, por donde arrastraban toda clase de papeles estrujados; mientras que en el corro, resaltaba el abigarramiento de tarjetas de toda índole, verdes, rojas, azules, lanzadas a manos llenas, y en tal abundancia aquel día, que el amplio recipiente desbordaba.