El dinero

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Mazaud había regresado al despacho de los agentes de cambio, al mismo tiempo que Jacoby y Delarocque. Se acercó al aparador y bebió un vaso de cerveza, devorada con ardiente sed, mientras se dedicaba a mirar la inmensa pieza con su vestuario, su alargada mesa central alrededor de la cual figuraban alineados los sillones de los sesenta agentes, sus cortinas de terciopelo rojo, todo ese lujo banal y ajado que la hacía parecerse a una sala de espera de primera clase, en una gran estación; y la contemplaba además con el aire asombrado de un hombre que jamás la hubiera visto bien. Luego, al irse, sin decir palabra, estrechó las manos de Jacoby y de Delarocque, con la misma fuerza de siempre; poniéndose los tres pálidos, bajo su correcta actitud de cada día. Había dicho a Flory que le esperase en la puerta, y allí le encontró en efecto, acompañado de Gustavo, que había abandonado definitivamente su cargo desde hacía una semana, y que vino como simple curioso, siempre sonriente, llevando una vida de despreocupación, sin llegarse a preguntar siquiera si su padre podría al día siguiente pagar sus deudas; Flory entretanto, pálido y burlón, se esforzaba por hablar, bajo la espantosa pérdida de un centenar de miles de francos, que acababa de sufrir, y sin saber dónde encontrar un céntimo. Mazaud y su empleado desaparecieron en medio del aguacero.



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