El dinero

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Mientras tanto en la sala habíase desencadenado el pánico, sobre todo alrededor de Saccard; allí era precisamente donde la guerra había causado sus mayores estragos. Sin comprender en el primer momento, había asistido a aquella derrota, haciendo cara al peligro. ¿Por qué esos rumores?, ¿no sería que estaban llegando las tropas de Daigremont? Luego, cuando había oído hundirse los cambios, sin acabar de explicarse las causas del desastre, se había erguido para morir de pie. Un frío helado le remontaba desde los pies al cráneo, tenía la sensación de lo irreparable; aquello significaba su derrota para siempre jamás; y conste que para nada entraba en su dolor, ningún torpe lamento por el dinero perdido o la cólera por los placeres que pudieran evaporársele: lo único que sangraba en él era su humillación de vencido; sentía en el alma la victoria de Gundermann, estrepitosa, definitiva, que venía a consolidar una vez más la omnipotencia de aquel rey del oro. En este instante estuvo realmente soberbio, toda su menuda figura retaba al destino, con los ojos fijos, sin el más leve parpadeo, poniendo cara de testarudo, solo allí frente a la oleada de desespero y de rencor que sentía ya venir contra él. La sala entera hervía, desbordaba hacia su pilar; la gente apretaba sus puños, las bocas balbuceaban imprecaciones; y él había conservado en sus labios una inconsciente sonrisa que podía muy bien confundirse con un gesto de provocación.


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