El dinero
El dinero Para empezar, en medio de una especie de neblina, distinguió a Maugendre, mortalmente pálido, a quien el capitán Chave llevaba del brazo, repitiéndole que bien se lo había pronosticado, con una crueldad de ínfimo jugador, contento con ver estrellarse a los grandes especuladores. Luego, fue Sédille al que vio, la cara contraída, con el aire alocado del comerciante cuya casa se desploma, que se acercó a darle un apretón de manos vacilante, como buenazo que era, y queriendo significarle con ello que no le odiaba. Desde el primer crujido, el marqués de Bohain se había apartado, pasando a engrosar el ejército triunfante de los bajistas, explicándole a Kolb, que también se separaba prudentemente, cuáles y cuántas enojosas dudas le había inspirado ese Saccard, desde la última junta general. Jantrou, trastornado del todo, había desaparecido de nuevo a toda velocidad, para llevarle el último cambio a la baronesa, que iba a sufrir seguramente un ataque de nervios en su cupé, como le ocurría los días de fuertes pérdidas.
Y allí podían verse aún, frente a Salmon, siempre silencioso y enigmático, al bajista Moser y al alcista Pillerault; en actitud provocadora éste, fiero el semblante a pesar de su ruina, y el otro, que ganaba una fortuna, turbándose a sí mismo el gozo que debiera producirle su éxito, con lejanas inquietudes.