El dinero

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Hasta entonces, Saccard no había flaqueado. Sólo el nombre de Fayeux, pronunciado a sus espaldas, aquel recaudador de rentas de Vendôme, con el que estaba en relación, para toda una clientela de ínfimos accionistas, acababa de producirle cierto malestar, haciéndole pensar en aquella enorme masa de gente modesta, de capitalistas míseros que iban a verse triturados bajo los escombros del Universal. Pero, repentinamente, la visión de Dejoie, lívido, descompuesto, hizo que ese malestar se agudizase, al personalizar en aquel pobre hombre a quien conocía, todas las humildes y lamentables ruinas que habrían tenido lugar. Al propio tiempo y como por una especie de alucinación, evocáronse en su mente los pálidos, los desolados rostros de la condesa de Beauvilliers y de su hija, que le contemplaban anonadadas con sus grandes ojos negros anegados en lágrimas. Y en ese instante, Saccard, que se enorgullecía de no haber sentido jamás temblar sus piernas, de no haberse sentado jamás en el banco, que allí mismo había junto al pilar; Saccard sufrió un desvanecimiento y tuvo que dejarse caer en aquel sitio por unos momentos. La muchedumbre seguía refluyendo, amenazaba ahogarlo. Levantó la cabeza en busca de aire que respirar, y en seguida se puso en pie al reconocer, arriba, en la galería del telégrafo, asomando la cabeza para ojear la sala, a la Méchain, que dominaba el campo de batalla con su grueso corpachón. Su vieja bolsa de cuero negro, se hallaba junto a ella, sobre la barandilla de piedra de la escalera. En espera de ir amontonando en aquella voluminosa cartera las acciones depreciadas, acechaba los muertos, lo mismo que el cuervo voraz que sigue a los ejércitos, hasta que llega el día de la matanza.


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