El dinero

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La señora Carolina se limitó a escuchar en silencio, evitando intervenir. Sentíase llena de remordimientos, acusándose a sí misma de complicidad, puesto que fue ella quien, después de haberse prometido velar, lo había dejado hacer todo. En lugar de contentarse simplemente con vender sus títulos, para frenar así el alza, ¿no debió quizás encontrar otro remedio, prevenir a la gente, actuar en fin? En su adoración por el hermano, su corazón sangraba, al verle comprometido de aquella forma, en medio de sus grandes trabajos desquiciados, de toda la obra de su vida puesta en entredicho; y era tanto más lo que sufría cuanto que ni siquiera se sentía libre para juzgar a Saccard: ¿no le había amado?, ¿no se hallaba ligada a él por aquel lazo secreto del que ahora se sentía más que avergonzada? Y así era cómo, situada entre aquellos dos hombres, entablábase una lucha en su conciencia que la desgarraba. La noche de la catástrofe, había abrumado a Saccard en un hermoso arranque de franqueza, vaciando su corazón de cuantos reproches y temores fue acumulando desde hacía tiempo. Luego al verle sonreír, tenaz, invicto incluso, y pensando en el esfuerzo que le era preciso para permanecer en pie, se había razonado a sí misma que no tenía derecho a mostrarse tan dura, después de haberle tratado tan débilmente, y acabar de ese modo con él ahora que estaba por los suelos. Y, buscando refugio en el silencio, dejando sólo traslucir la censura que implicaba su actitud, no quería ser más que un testigo.


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