El dinero
El dinero Pero, esta vez, Hamelin se encolerizaba; él que tan conciliador era de ordinario, y desinteresado por todo lo que no fuesen sus trabajos. Atacó el juego con extrema violencia, el Universal sucumbÃa a la locura del juego; tratábase de una crisis de absoluta demencia. Indudablemente, él no figuraba entre los que pretendÃan que un banco puede dejar que se deprecien sus tÃtulos, como cabe lo haga, por ejemplo, una compañÃa de ferrocarriles: la compañÃa de ferrocarriles posee su inmenso material, fuente de sus ingresos; en tanto que el verdadero material de un banco es el crédito, y agoniza desde el momento mismo en que ese crédito se tambalea. Sólo que, sobre ese particular, todo era cuestión de mesura. Si era, en efecto, necesario e incluso cuerdo, mantener el cambio de 2.000 francos, convertÃase no obstante en insensato y completamente criminal forzar el alza, querer imponerlo a 3.000 o más. Desde su llegada, habÃa exigido que se le dijera la verdad, toda la verdad. Ahora ya no podÃa mentÃrsele, decirle, como habÃa tolerado que se manifestase en su presencia, ante la última junta, que la sociedad no poseÃa ni una de sus acciones. Allà estaban los libros y con facilidad descubrÃa las mentiras. AsÃ, en cuanto se refiere a la cuenta Sabatani, sabÃa perfectamente que ese hombre de paja, encubrÃa las operaciones hechas por la sociedad; y podÃa seguir en consecuencia, mes por mes y desde dos años atrás, la fiebre creciente de Saccard, al principio tÃmida, no comprando sino con prudencia, lanzado en seguida a compras cada vez más considerables, hasta llegar a la enorme cifra de veintisiete mil acciones, que habÃan costado cerca de cuarenta y ocho millones. ¿No resultaba loco, de una imprudente locura que daba la impresión de estar burlándose de las gentes, semejante volumen de negocios puestos a nombre de un Sabatani? Y además, ese Sabatani no era el único, pues habÃa otros hombres de paja, empleados del banco, administradores incluso, cuyas compras llevadas a la cuenta de dobles, rebasaban las veinte mil acciones, representando ellas también cerca de cuarenta y ocho millones de francos. Todo eso, en fin, no hacÃa referencia más que a las compras en firme, a las que precisaba añadir las adquisiciones a plazo, operadas en el curso de la última liquidación de enero; más de veinte mil acciones por una suma de sesenta y siete millones y medio, de las que el Universal tenÃa que hacerse cargo; sin contar, en la Bolsa de Lyon, con otros diez mil tÃtulos, o sea veinticuatro millones más. Lo que, una vez sumado todo, demostraba que la sociedad tenÃa en sus propias manos cerca de la cuarta parte de las acciones emitidas por ella, y que habÃa pagado por esas acciones la escalofriante suma de doscientos millones. Ésa era precisamente la vorágine en que se abismaba.