El dinero

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Lágrimas de dolor y de cólera habían brotado en los ojos de Hamelin. Él, que tan felizmente acababa de sentar en Roma, las bases de su gran banco católico, el Tesoro del Santo Sepulcro, para permitir, en los días cercanos de la persecución, que fuera instalado regiamente el Papa en Jerusalén, en la gloria legendaria de los Santos Lugares: un banco destinado a poner el nuevo reino de Palestina al abrigo de perturbaciones políticas; basando su presupuesto, con la garantía de los recursos del país, en toda una serie de emisiones, cuyos títulos iban a disputarse los cristianos del mundo entero. ¡Y todo eso, se derrumbaba de golpe, debido a aquella estúpida demencia del juego! Había marchado dejando un balance admirable, millones como para tener que ser recogidos con pala, una sociedad en situación de prosperidad y de crecimiento tales que constituía el asombro del mundo; y, menos de un mes después, cuando volvía, los millones se habían esfumado, la sociedad estaba por tierra, convertida en polvo; ya no quedaba allí otra cosa que un negro agujero, por donde parecía haber pasado el fuego. Su estupor aumentaba, exigía explicaciones en un tono violento, quería comprender qué misterioso poder había impulsado a Saccard para encarnizarse de esa manera contra el colosal edificio que había alzado, a derribarlo piedra por piedra, de un lado, mientras por otro aspiraba a terminarlo.


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