El dinero

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Y, antes de despedir a la Méchain, acabó de estudiar con ella las insignificantes cuestiones de que estaba encargada: una joven que había empeñado sus joyas para un amante; un yerno cuyas deudas pagaría su suegra, que era su amante, si sabían llevar bien las cosas, y otras tantas cuestiones, diversas y delicadas, relacionadas con la difícil y compleja tarea de recobrar créditos impagados.

Al entrar en la vecina estancia, Saccard había quedado unos momentos deslumbrado por la claridad de la ventana, sin cortinas, sobre la que daba el sol. La habitación, tapizada con un papel claro de florecillas azules, no tenía más mobiliario que una cama de hierro, en un rincón, una mesa de pino, en el centro, y dos sillas de paja. A lo largo de la pared izquierda, unas maderas escasamente cepilladas hacían las veces de biblioteca, cargadas de libros, folletos, periódicos y toda clase de papeles. Sin embargo, la viva luz del día, en aquellas alturas, daba a tal desnudez una especie de alegría juvenil y una sonriente ingenuidad llena de frescura.

El hermano de Busch, Segismundo, un joven imberbe de treinta y cinco años, de cabellos castaños, largos y ralos, se hallaba allí, sentado ante la mesa, con la abultada y amplia frente hundida en la huesuda mano, y tan absorto en la lectura de un manuscrito, que ni siquiera alzó la mirada, por no haber oído cómo se abría la puerta.


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