El dinero
El dinero Estaba radiante y sus ojillos chispeaban entre las abultadas mantecas de su rostro.
Pero Busch, después de la crisis febril de la solución tanto tiempo buscada y que el azar le había brindado, había vuelto a su fría reflexión y sacudía la cabeza. Seguro que Saccard, aunque momentáneamente arruinado, era todavía una buena presa. Podían haber caído sobre un padre que presentase menos ventajas. Sin embargo, no sería fácil dominarle, pues era terriblemente agresivo. Además, ignorante de que tenía un hijo podía negarlo, pese al extraordinario parecido que había asombrado a la Méchain. Por otra parte, era viudo por segunda vez y a nadie había de rendir cuentas de su pasado, de modo que, incluso si aceptaba el niño, no había temor ni amenaza que pudiese explotarse contra él. En cuanto a no sacar de su paternidad más que los seiscientos francos de los pagarés, era ciertamente demasiado poco; no valía la pena de haber recibido tan milagrosa ayuda de la suerte. No, no; era preciso reflexionar, meditarlo bien y encontrar el medio de recoger los frutos en plena madurez.
—No nos precipitemos —concluyó Busch—. Por otra parte, ahora está arruinado; démosle tiempo para que se recupere.