El dinero
El dinero Su hermano mayor le adoraba con pasión maternal; siendo un lobo feroz con los deudores y capaz de robar diez sueldos a costa de la sangre de un hombre, se enternecía hasta llorar, con una emoción de mujer, cuando se trataba de aquel mocetón distraído que aún era un niño. Le había cedido la habitación más grande, que daba a la calle, le servía como una criada y gobernaba su extraño hogar, barriendo, haciendo las camas y ocupándose de la comida, que les subían de un pequeño restaurante próximo, dos veces diarias. Él, que era tan activo, toleraba su ociosidad, pues las traducciones no marchaban, obstaculizadas por sus trabajos personales. Había llegado a prohibirle que trabajase, inquieto por una tos de mal cariz que le afligía. Y pese a su desmedido amor por el dinero y a la criminal codicia con que lo perseguía como única razón de su existencia, sonreía con indulgencia ante las teorías del revolucionario y dejaba que disfrutara de su capital como el juguete de un niño, sin temor a que pudiera malbaratarlo.