El dinero
El dinero —¡Oh!, señor, ¡oh, Dios mío!, ¡Dios mío!
La mortecina luz de aquella gris jornada de invierno penetraba débilmente, por la separación entre las espesas cortinas de seda. Pero hacía mucho calor, gruesos leños acababan de consumirse en la chimenea, convertidos en brasas, iluminando las paredes con un gran reflejo rojo. Sobre una mesa, veíase un ramo de rosas, regio ramo para la estación en que se hallaban, y que, la misma víspera, el agente de cambio había traído a su mujer, abríase el mencionado ramo en aquella tibia atmósfera de estufa, embalsamando con su olor toda la pieza. Era como el perfume mismo del refinado lujo del mobiliario, el buen olor de la suerte, de la riqueza, de esa felicidad de amor que, durante cuatro años, había florecido allí. Y, bajo el rojo reflejo del fuego, estaba Mazaud tumbado de través al borde del canapé, destrozada la cabeza por una bala, con la mano crispada sobre la culata del revólver; mientras que, de pie ante él, su joven esposa, que acudió a toda prisa, lanzaba esa queja, aquel grito continuo y salvaje que se oía desde la escalera. En el momento de la denotación, ella tenía en brazos a su pequeño de cuatro años y medio, cuyas manitas se habían agarrado a su cuello a causa del espanto; y su hijita que ya tenía seis años, la siguió cogida a su falda, materialmente pegada a ella; y las dos criaturas gritaban también, al ver gritar a su madre desvariadamente.