El dinero

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En seguida, la señora Carolina quiso llevárselos de allí.

—Señora, se lo suplico… Señora, no se quede aquí…

Ella misma se había puesto a temblar, sentíase desfallecer. Del agujereado cráneo de Mazaud, veía deslizarse aún la sangre, caer gota a gota sobre el terciopelo del canapé, desde donde chorreaba sobre la alfombra. En el suelo había una enorme mancha, que se ensanchaba paulatinamente. Y le producía la impresión de que aquella sangre iba acercándose a ella, salpicándole los pies y las manos.

—Señora, se lo suplico, sígame…

Pero, con el hijo colgado a su cuello, y la hija oprimiéndole la cintura, la desdichada no oía nada, no se movía, erguida, plantada allí con tal firmeza que ninguna fuerza de este mundo hubiera sido capaz de desarraigarla. Los tres eran rubios, de una frescura de leche, de aspecto tan delicado e ingenuo la madre como los hijos. Y en el estupor de su felicidad muerta, en ese brusco aniquilamiento de la dicha que debía durar siempre, siguieron lanzando sus aterrorizados gritos, los alaridos por donde pasaba todo el horrible sufrimiento de la especie.

La señora Carolina cayó entonces de rodillas; y, entre sollozos, balbuceaba:


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