El dinero
El dinero —¡Oh!, señora, me destroza usted el corazón… Por favor, señora, aléjese de ese espectáculo, venga conmigo a la habitación de al lado, permítame tratar de ahorrarle un poco del mal que se le ha causado…
Pero aquel grupito huraño y plañidero seguía inalterable, la madre con los dos pequeños, como formando un único ser, inmóviles con sus largos y rubios cabellos sueltos. Y continuaba sin interrupción aquel espantoso alarido, esa lamentación de la sangre que remonta del bosque, cuando los cazadores han matado al padre.
La señora Carolina se había puesto en pie; se le iba la cabeza. Se oyeron unos pasos, sonaron voces, la llegada del médico sin duda, la constatación de la muerte. No pudo entonces resistir más y huyó, perseguida por aquel abominable quejido que parecía no tener fin, y que incluso estando ya en la calle, entre el rodar de los carruajes, creía escuchar siempre.