El dinero
El dinero El cielo iba oscureciéndose, hacía frío, y se puso a caminar lentamente, temiendo que no la detuviesen, tomándola por una homicida, al ver su cara de espanto. Todo volvía a hacer acto de presencia en su mente, la historia entera del monstruoso derrumbamiento de los doscientos millones que tantas ruinas amontonaba y tantas víctimas había llegado a aplastar. ¿Qué misteriosa fuerza, después de haber edificado aquella torre con tanta rapidez, venía a destruirla de ese modo? Las mismas manos que la construyeran, parecían haberse encarnizado, presas de locura, en no dejar piedra sobre piedra. Elevábanse por todas partes gritos de dolor; hundíanse fortunas con el estruendoso ruido de los volquetes de demoliciones cuando se vacían en el vertedero público. Tratábase de los últimos bienes patrimoniales de las Beauvilliers, de los sueldos arañados uno a uno de las economías de Dejoie, de las ganancias realizadas en la gran industria por Sédille, de las rentas de los Maugendre retirados del comercio, y que, en desordenada confusión, eran lanzados con estrépito al fondo de la misma cloaca, que nada colmaba. También figuraba en ese desastroso amontonamiento de escombros, Jantrou, anegado en alcohol, la Sandorff, ahogada en el cieno, Massias vuelto a su miserable condición de perro golpeado, sujeto para toda su vida a la Bolsa en razón a la deuda contraída; y también figuraba allí Flory ladrón, encarcelado, expiando sus debilidades de hombre sensible, Sabatani y Fayeux en fuga, galopando con el miedo a los gendarmes; y aparecían sobre todo en ese informe montón, como más dolorosos y dignos de lástima, todos esos seres, víctimas desconocidas de la tragedia, el gran rebaño anónimo de todos los pobres que la hecatombe había forjado, tiritando de abandono, vociferando de hambre. Figuraba asimismo en esa relación, la propia muerte, disparos de pistola que partían de los cuatro extremos de París, simbolizados en la destrozada cabeza de Mazaud, en aquella sangre de Mazaud, que, gota a gota, y por entre el lujo y el perfume de las rosas, salpicaba a su mujer y a sus pequeñuelos, aullando de dolor.