El dinero
El dinero Y, entonces, todo cuanto había visto y oído desde hacía algunas semanas, exhalóse del magullado corazón de la señora Carolina en un grito de execración lanzado contra Saccard. Ya no podía callarse, dejarle a un lado como si no existiera, para evitar así juzgarlo y condenarlo. Él solo era culpable, lo que se desprendía de cada uno de sus desastres acumulados, cuyo espantoso revoltijo la aterrorizaba. Le maldecía con toda su alma; su cólera y su indignación, durante tanto tiempo contenidos, desbordaban en un rencor vengativo, que era como el propio odio al mal. ¿Es que no amaba ya a su hermano, puesto que había estado esperando hasta entonces para odiar a aquel hombre espantoso, que era la única causa de su desgracia? Su pobre hermano, aquel gran inocente, ese infatigable trabajador, tan justo y recto, manchado ahora con la tara indeleble de la prisión, la víctima que ella olvidaba, digna del mejor cariño y más dolorosa que todas las demás. ¡Ah!, ¡que Saccard no hallase el perdón, que nadie osara lamentar defender su causa, ni siquiera aquellos que continuaban creyendo en él, que sólo conocían de su persona la bondad, y que muriese solo, un día, en el mayor desprecio!