El dinero
El dinero La señora Carolina levantó la vista. Había llegado a la plaza, y divisó, frente a sí, la Bolsa. Caía el crepúsculo, un cielo de invierno cargado de bruma, situaba detrás del monumento algo semejante a una humareda de incendio, como una nube de color rojizo oscuro, que hubiérase dicho estar integrada por las llamas y polvoredas de una villa tomada al asalto. Y la Bolsa, gris y melancólica, se destacaba entre la tristeza de la catástrofe que, desde hacía un mes, la dejara desierta, abierta a los cuatro vientos del cielo, semejante a un mercado al que una penuria dejara vacío. Tratábase en suma de la epidemia fatal, periódica, cuyos estragos barrían el mercado bursátil cada diez o quince años; los viernes negros, como suele llamárseles, sembrando el suelo de escombros. Precisan luego años para que la confianza renazca, para que las grandes casas de banca se reconstruyan; hasta que llega el día en que, la pasión del juego reavivada poco a poco, llameante y volviendo a empezar la aventura, conduce a una nueva crisis, acabando por hundirlo todo en un nuevo desastre. Pero, esta vez, tras aquella humareda sonrosada del horizonte, en las lejanías difusas de la ciudad, se apreciaba como un sordo chasquido, el próximo acabamiento de un mundo.