El dinero

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La princesa de Orviedo, habíase arruinado finalmente. Apenas diez años fueron bastantes para poder devolver a los pobres los trescientos millones de la herencia del príncipe, robados de los bolsillos de crédulos accionistas. Y si, para empezar, necesitó cinco años para invertir en buenas y descabelladas obras los cien primeros millones, consiguió, en cuatro años y medio, evaporar los otros doscientos millones, en fundaciones de un lujo más extraordinario aún. A la Obra del Trabajo, a la Cuna de Santa María, al Orfelinato de San José, al Asilo de Chatillon y al Hospital de Saint-Marceau, había que añadir hoy una granja modelo, cerca de Evreux, dos casas de convalecencia para niños, a orillas de la Mancha, otra casa de retiro para ancianos, en Niza, hospicios, poblados obreros, bibliotecas y escuelas por los cuatro extremos de Francia, todo ello sin contar con los considerables donativos realizados a las obras de caridad ya existentes. Tratábase siempre, por lo demás, de la misma voluntad de regia restitución, no del mendrugo de pan lanzado por piedad o temor a los desvalidos, sino del goce de la vida, de lo superfluo, de todo cuanto resulta bueno y hermoso dado a los humildes que nada tienen, a esos seres débiles despojados por los fuertes de su parte de regocijo; en fin, de los palacios de los ricos abiertos de par en par a los mendigos de los caminos para que, ellos también, pudieran dormir en la seda y comer en vajilla de oro. Durante diez años, la lluvia de millones no había cesado, los refectorios de mármol, los dormitorios alegrados por brillantes pinturas, fachadas monumentales como Louvres, jardines adornados con plantas exóticas, diez años de soberbios trabajos en una mezcla increíble de contratistas y arquitectos y ella se sentía ahora extraordinariamente feliz, tranquilizada por la enorme dicha de tener en lo sucesivo, las manos limpias, sin un céntimo. Incluso acababa de conseguir el asombroso resultado de llegar a contraer deudas; se la perseguía por un resto de cuentas que ascendía a varios centenares de miles de francos, sin que su abogado y su notario consiguieran completar la suma, en aquel desmigajamiento final de la enorme fortuna, lanzada así a los cuatro vientos de la limosna. Y un letrero, clavado en la parte superior de la puerta cochera, anunciaba la puesta en venta del hotel, el supremo escobazo que se llevaría hasta los últimos vestigios del dinero maldito, recogido entre el barro y la sangre del bandidaje financiero.


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