El dinero
El dinero Arriba, la vieja Sofía aguardaba a la señora Carolina para introducirla. La vieja, furiosa, se pasaba el día entero refunfuñando. ¡Ah!, ¡bien había pronosticado ella que la señora acabaría por morir en la indigencia! ¿No debió acaso haber contraído nuevo matrimonio y tener hijos con otro señor, puesto que ella no amaba otra cosa en el fondo? Y no es que tuviera motivo alguno de queja o razón para lamentarse, puesto que, desde hacía mucho tiempo, vino percibiendo una renta de dos mil francos, que iba a comerse en su país, del lado del Angoulême. Pero se apoderaba de ella la cólera, tan sólo con pensar que la señora ni siquiera se había reservado el escaso dinero preciso cada mañana, para adquirir el pan y la leche con que ahora se alimentaba. Incesantemente surgía la disputa entre ellas. La princesa sonreía con su divina sonrisa de esperanza, contestándole que, al acabar el mes, ya no necesitaría más que un sudario, cuando hubiera entrado en el convento donde desde hacía ya tiempo tenía reservada su plaza, un convento de carmelitas amurallado al mundo entero. ¡El reposo, el eterno reposo!