El dinero

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Y, con su helada expresión le contó una espantosa aventura. Tres días antes, Víctor se hizo llevar a la enfermería, alegando padecer insoportables dolores de cabeza. Sospechó en seguida el médico que se trataba de una simulación de perezoso; pero el niño venía sufriendo en realidad frecuentes neuralgias. Ahora bien, esa tarde se encontraba en la Obra Alicia de Beauvilliers, sin su madre, que había venido para ayudar a la hermana de servicio en el inventario trimestral del armario de los medicamentos. Este armario se hallaba en la pieza que separa los dos dormitorios, el de las niñas y el de los muchachos, donde nadie había en aquel momento más que Víctor acostado, ocupando una de las camas; y, habiéndose ausentado la hermana durante algunos minutos, tuvo la sorpresa, al volver, de no encontrar a Alicia, la esperó unos instantes y luego se puso a buscarla con afán. El asombro de la hermana había ido en aumento al constatar que la puerta del dormitorio de los muchachos acababa de ser cerrada por dentro. ¿Qué estaría ocurriendo? Se vio obligada entonces a dar la vuelta por el pasillo, y quedó boquiabierta, aterrorizada, por el espectáculo que tenía a la vista: la joven, medio estrangulada, con una toalla anudada sobre su rostro para ahogar sus gritos, con las faldas levantadas y en desorden, exhibiendo su pobre desnudez de virgen clorótica, violentada, mancillada con inmunda brutalidad. Por el suelo yacía un portamonedas vacío. Cabía reconstruir la escena del siguiente modo: Alicia, llamada quizás, y entrando en el dormitorio para dar una taza de leche a aquel mozo de quince años velludo como un hombre; luego, el brusco apetito del monstruo suscitado por aquella carne frágil, por aquel cuello demasiado largo, el salto del macho en camisa, el sofoco de la muchacha, lanzada seguidamente sobre el lecho lo mismo que un pingajo, violada, robada, el chico vistiéndose a toda prisa, de cualquier modo, y finalmente la huida. Pero ¡qué de puntos oscuros, cuántos interrogantes de asombro e insolubles a la vez! ¿Cómo no habían oído nada, ni el más leve ruido de lucha, ni siquiera una queja? ¿Cómo podían haber sucedido cosas tan horripilantes, con tal rapidez, en diez minutos apenas? Sobre todo, ¿cómo pudo Víctor escapar, evaporarse por decirlo así, sin dejar huella? ya que, después de la más minuciosa búsqueda, se había llegado a la certidumbre de que ya no se encontraba en el establecimiento. Debía haber escapado por la sala de baños, que daba al pasillo, y una de cuyas ventanas se abría por encima de una serie de techos escalonados, que se extendían hasta el bulevar y aún es de tener en cuenta que un tal camino ofrecía de por sí grandes peligros, que muchos se negaban a creer que un ser humano hubiera podido seguirlo. Conducida a casa de su madre, Alicia guardaba cama, magullada, como atontada, sin dejar de sollozar, sacudida por una intensa fiebre.


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