El dinero

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La señora Carolina escuchó ese relato con tal sobrecogimiento, que le parecía que se helaba toda la sangre de su corazón. Un recuerdo había despertado en ella, que la producía verdadero espanto por el terrible parangón que permitía establecer: Saccard, en época anterior, acosando a la miserable Rosalía sobre el peldaño de una escalera, dislocándole el hombro, en el momento de la concepción de aquel niño, que conservaba, a título de marca, como una mejilla aplastada; y, hoy, Víctor violentando a su vez a la primera joven que la suerte le deparaba. ¡Qué inútil crueldad!, ¡esa muchachita tan dulce, el desolado fin de una raza, que estaba a punto de entregarse a Dios, al no poder tener un marido como las demás! ¿Tenía acaso algún sentido, ese estúpido y abominable encuentro? ¿Por qué haber estrellado esto contra aquello?

—No está en mi ánimo hacerle ningún reproche, señora —concluyó la princesa—; sería de lo más injusto hacer llegar hasta usted la menor responsabilidad. Pero, la verdad es que tenía usted allá un protegido bien terrible.

Y, como si se hubiera operado en ella una asociación de ideas no llegada a expresar, añadió:


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