El dinero

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—No se vive impunemente, en ciertos medios… Yo misma he llegado a experimentar grandes remordimientos de conciencia, me he sentido cómplice; cuando, últimamente ese banco se hundió, amontonando tantas ruinas y tantas iniquidades. Sí, no debí consentir que mi casa se convirtiese en la cuna de semejante abominación… En fin, el mal está hecho, la casa será purificada, y yo, ¡oh!, yo no soy nadie, Dios me perdonará.

Su pálida sonrisa de esperanza por fin realizada había reaparecido en ella, sólo con el gesto daba a entender su salida del mundo, su desaparición para siempre jamás de buena diosa invisible.

La señora Carolina le había cogido las manos, estrechándolas y besándoselas; de tal modo trastornada por el remordimiento y la piedad, que sólo balbuceaba palabras sin sentido.

—Comete un error tratando de excusarme; soy culpable… Y en cuanto a esa desgraciada niña, quiero verla, corro en seguida a verla…

Y se fue, dejando a la princesa y a su vieja sirvienta Sofía hacer sus maletas, para la trascendental marcha que había de separarlas después de cuarenta años de vida en común.


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