El dinero

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La antevíspera, sábado, la condesa de Beauvilliers se había resignado a abandonar su hotel a los acreedores. Al no haber pagado desde hacía seis meses los intereses de las hipotecas, la situación se hizo intolerable, en medio de gastos de toda especie, con la continua amenaza de una venta judicial, y su procurador le había aconsejado que lo soltase todo y fuera a refugiarse al fondo de una reducida vivienda, donde podría seguir subsistiendo sin motivar gastos innecesarios, mientras él por su parte trataba de liquidar las deudas. No hubiera cedido, se habría obstinado quizás en conservar su rango, la mentira de su fortuna intacta, hasta el aniquilamiento de su raza, bajo el desplome de los techos, sin la aparición de una nueva desdicha que la había abatido por completo. Su hijo Fernando, el último de los Beauvilliers, aquel joven inútil, separado de todo empleo, convertido en zuavo pontificio para escapar a su nulidad y a su ociosidad, había muerto en Roma, sin gloria, tan pobre de sangre, tan sometido a prueba por aquel sol demasiado plúmbeo, que no pudo batirse en Mentana, ya en estado febril, enfermo del pecho. Ella entonces, había experimentado como un brusco vacío, una especie de hundimiento de todas sus ideas, de todos sus quereres, del laborioso andamiaje que, desde hacía tantos años, venía sosteniendo tan orgullosamente el honor del apellido. Bastaron veinticuatro horas, la casa se había agrietado y apareció la miseria, desconsoladora, por entre los escombros. Hubo que vender el viejo caballo; quedó únicamente la cocinera que, con el delantal sucio hacía su compra, dos sueldos de manteca y un kilo de judías secas; la condesa fue vista en la calle con el vestido salpicado de lodo, calzando unas botinas descosidas por las que entraba el agua. Era la indigencia que surgía de la noche a la mañana; el desastre se llevaba consigo hasta el orgullo de aquella creyente de otra época ya fenecida, en lucha contra su siglo. Y, junto con su hija, había encontrado cobijo en la calle de la Tour-des-Dames, en casa de una antigua vendedora de artículos de tocador, que se hizo devota y subarrendaba habitaciones amuebladas a sacerdotes. Y allí vivían las dos en una gran pieza desnuda, de una miseria digna y triste, en cuyo fondo existía una alcoba cerrada. En esa alcoba había dos pequeños lechos y cuando los bastidores, revestidos del mismo papel que las paredes, estaban cerrados, la estancia se transformaba en salón. Esta venturosa distribución las había consolado un poco.


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