El dinero

El dinero

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Una inmensa fatiga, un supremo desaliento iba apoderándose de la condesa. El último orgullo que la mantenía en pie, acababa de resquebrajarse; y toda su violencia, toda su fuerza decayó de improviso; limitándose desde entonces a juntar las manos y a balbucear.

—Pero ¿no está usted mismo viendo adónde hemos llegado? Contemple esta alcoba… Ya no nos queda absolutamente nada, mañana quizás no nos quede ni para comer… ¿De dónde quiere que saque yo el dinero?, y nada menos que diez mil francos, ¡Dios mío!

Busch esbozó una sonrisa, como hombre acostumbrado a pescar en esa clase de ruinas.

—¡Oh!, a las damas como usted, nunca les faltan recursos. Es cuestión de buscar bien, pero acaban encontrándose.

Desde hacía unos momentos, Busch no quitaba la vista de encima a un viejo cofrecito de alhajas que había sobre la repisa de la chimenea, dejado allí por la condesa aquella mañana, cuando acabó de vaciar una maleta; y olfateaba pedrerías, con la certeza del instinto. Fue tal el llameante brillo de su mirada, que, al seguir su dirección, la condesa comprendió en seguida.

—¡No, no! —gritó—, ¡las alhajas, jamás!


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