El dinero

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Y se apresuró a coger el cofrecito, como para defenderlo. Esas últimas alhajas, que durante tanto tiempo permanecieron en la familia; ¡aquellas escasas alhajas que había conservado a través de los mayores apuros, como única dote de su hija, y que eran en aquellos momentos su único recurso!

—Jamás, ¡preferiría entregar mi propia carne!

Pero, en aquel instante, surgió una circunstancia diversiva: la señora Carolina, llamó a la puerta y entró. Llegaba trastornada, y permaneció sobrecogida ante la escena en medio de la cual había ido a caer. Con una frase, rogó a la condesa que no interrumpiera sus asuntos por ella; y habría marchado a no ser por el gesto de súplica que observó en la condesa y creyó comprender. Inmóvil, pues, en el fondo de la pieza, permaneció aislada.

Busch acababa de ponerse su sombrero, en tanto que, cada vez más asustada, Léonide se iba acercando a la puerta.

—Entonces, señora, ya no nos queda sino marcharnos…

Lo cierto es, sin embargo, que no se retiraba. Volvió a contar toda la historia en términos más vergonzosos aún, como si hubiera querido seguir humillando a la condesa ante la recién llegada, aquella señora a la que afectaba no conocer, siguiendo su costumbre, cuando trataba algún negocio.


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