El dinero
El dinero Efectivamente, nunca la habÃa contemplado desde aquel ángulo, a vista de pájaro, con las amplias vertientes de cinc de su techo cubiertas por un bosque de tuberÃas. Las puntas de los pararrayos se alzaban, semejantes a gigantescas lanzas que amenazasen el cielo. El monumento en sÃ, no era más que un cubo de piedra estriado regularmente por las columnas, una mole de un gris sucio, desnudo y feo, enarbolando una bandera en jirones. Pero lo que más extrañeza le causaba eran la escalinata y el peristilo, salpicados de hormigas negras, todo un hormiguero revolucionado, agitándose, desplegando una inexplicable actividad, que observada desde allà movÃa a compasión.
—¡Cómo se empequeñece todo! —añadió—. DirÃa que pueden cogerse todos, en un puñado.
Luego, sabedor de las ideas de su interlocutor, prosiguió, riendo:
—¿Cuándo va a barrer todo eso de una patada?
Segismundo se encogió de hombros.
—¿Para qué? Acabarán por aniquilarse ustedes mismos.
Y, poco a poco, fue animándose, hablando sobre el tema que era su único pensamiento. Cierta necesidad de proselitismo le lanzaba, a la menor palabra, a la exposición de su sistema.